lunes, 18 de junio de 2012

La fiesta terminó

Vilnius (Lituania) a 00:00 del 18 de Junio de 2012:


          Tumbado en mi cama, con el portátil encendido, pijama de manga corta puesto y tapado con sábana y colcha dirijo mi mirada hacia la ventana de mi habitación 421, en la vieja residencia de corte soviético de Sauletekio 39A. Curiosamente, las desgastadas y un tanto “horteras” cortinas de leones que me llevan acompañando desde hace tanto tiempo, no están completamente corridas y me permiten observar el vasto bosque que tantos estudiantes han contemplado mucho antes que yo. “Si 22 años no son nada, 10 meses aún son menos”, pienso para mí mismo y, de repente, una pregunta que nunca ha parado de rondarme por la cabeza vuelve a hacer su aparición en ese mismo instante: “¿qué hago yo en Lituania?"
   

          Como si de un visto y no visto se tratase, me doy cuenta que hace casi un año, con los nervios a flor de piel, asombrado, vacilante y expectante de un futuro que parecía más incierto que nunca, aterrizó mi vuelo en la, no tan fría por aquel entonces, ciudad de Vilnius. Todo lo ocurrido entre aquel momento inicial y éste, final, siempre quedará guardado en, no sólo fotografías y vídeos, sino también en esa amalgama de recuerdos, vivencias y emociones que es la memoria; pero aún así no consigo darle una solución lógica a la pregunta que me he propuesto contestar.




          Quizás podría intentar solucionarla hablando un poco de las diferencias tan grandes existentes entre “esta España mía, esta España nuestra” que cantara Cecilia y una Lituania que intenta ser una más dentro de la UE. Un país que a base de esfuerzo y trabajo está consiguiendo dejar atrás la sombra de un pasado tan triste como real. Un país de personas calladas y correctas, un país que no celebra demasiadas cosas, un país que es quizás un poco como su clima: frío y oscuro. Pero también un pueblo que siente profundamente lo que es, un pueblo que ofrece un respeto extraordinario al extranjero, un pueblo que quiere aprender de las virtudes de los demás y que nunca olvidará de dónde viene. Quizás haya encontrado un tanto de la respuesta que con tanto ahínco ando buscando, pero necesito aún más.


          También podría exponer lo que ha significado esta experiencia para mí. Además de haber cogido algún que otro kilo y haber tenido que resolver cuestiones que antes no eran mi “business”, sin duda alguna lo que más valoro, lo que más me ha aportado mi experiencia Erasmus haya sido que vine como un chico bastante inmaduro, pero muy formal y me voy como otro mucho más maduro y, para bien o para mal, no tan formal. Un jerezano en Vilnius, como el “Poeta en Nueva York” de García Lorca o “las cosas de las cosas” que diría Rafael de Paula. Creo que me voy acercando a la respuesta que intento encontrar.


          Pero, me doy cuenta que, realmente, lo que me pide el cuerpo, la mejor manera de responder a la “dichosa preguntilla” que tanto me martiriza, sea hablaros de la gente, de mi gente, de los que han sido mi familia durante todo un año. Sin duda tengo que acordarme de tardes de cafetería, de restaurantes, de “pre-parties” en habitaciones, de autobuses con palmas flamencas, de discotecas con mucho arte y conversaciones que rozan la pureza. Nunca podré olvidar, tampoco, algunos viajes increíbles, las visitas a algún que otro “hostel” de la capital lituana y las tardes frías de baloncesto en tantos pabellones. Cómo no acordarme del: “¡qué alegría verte Paquito!”, “¿qué haces picha?” (con un singular acento madrileño), “¡qué puro eres!”, “come on people”, “me da mucha vergüenza”, “qué bonico eres” o “¡ay mi Paquito!”… Ya lo tengo, qué ciego he estado, la he tenido siempre delante de mis narices y sólo me he dado cuenta que estaba ahí momentos antes de irme. Y es que la respuesta a mi cuestión es bien sencilla: “¿qué hago yo en Lituania?”, conoceros a vosotros, a todos y cada uno de vosotros. Sin duda alguna me habéis hecho crecer, mejorar como persona, pulir mis defectos y ensalzar mis virtudes, darme cuenta que tenía que valorar cosas que antes no hacía y no darle tanta importancia a esas otras por las que tanto “me comía el coco”. Porque sin vosotros, este tiempo no hubiese sido el mismo, porque si alguno de ustedes me hubiese faltado, no estaría escribiendo estas líneas y porque si he cambiado es gracias a lo que me habéis hecho disfrutar durante unos 10 meses que nunca podré olvidar.


          Sin embargo, para seros sinceros, aún no he acabado de solucionar la cuestión que he planteado anteriormente, y es que sabes que este año no hubiese sido lo mismo sin ti. Porque, aunque suene empalagoso o “geisha”, eres lo mejor que me ha pasado en Vilnius, porque por más que quiera no voy a poder olvidarte, porque los momentos y las experiencias que he compartido contigo, ni tantos ni tan pocos, siempre estarán en lo más profundo de mí y porque sí, no puedo ocultártelo, no me sé callar las cosas, te quiero. Haré todo lo posible para que nos volvamos a encontrar y, también eso, lo sabes.


          Vuelvo de ese mundo de pensamientos que me ha estado consumiendo durante unos pocos instantes y aparto la mirada del marco por el que diviso aquel mar de árboles lituanos. Y ahora es otra pregunta la que se me viene a la cabeza: “¿quién será el que el año que viene mire, en esta misma fecha, por esta misma ventana?”. Eso nunca lo sabré. Lo que sin embargo sí intuyo perfectamente es que sentirá una grandísima envidia de un chico que dormía en esa misma cama y que hace un año se sentía tremendamente feliz porque mañana volverá a su casa y verá a su familia y, a la vez, una profunda tristeza porque se marcha de su otra casa y deja allí a su otra familia. Para bien o para mal son sólo 10 meses. Más vale haber amado y perdido, que nunca haber amado. Concluyó el juego, la fiesta terminó. Nos veremos pronto. Buena suerte.




 

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