Como cada tarde
de Domingo de Ramos, Eduardo sale pronto de su casa, no quiere andarse con
prisas, hoy no. Avanza a paso ligero desde su residencia, situada en un tercer
piso, sin ascensor, de la calle Santo Domingo para vivir un momento que lleva
todo un año esperando. Vestido con su traje de gala, no excesivamente perfumado y con una raya perfecta en
su pelo discretamente engominado clava un pin en la parte izquierda de su
chaqueta que reza Indivisa Manent,
“Permanecen unidos”. A medida que va acercándose al lugar que está
buscando son más las personas que va encontrando a su paso. Ni el más que
agradable olor a almendra recién tostada que sale de uno de esos “carritos” de
chucherías, tan típicos, que encontramos en las calles de nuestra ciudad en
esas fechas, ni eso es capaz de desviar su atención. Tiene un objetivo y
necesita cumplirlo a toda costa. Recuerda Eduardo las palabras que le dijo su
mujer, Yolanda, antes de salir de casa: “Ponte el chaleco que va a refrescar”. Por
experiencia en estos 27 años de casados decidió no contradecir a su esposa,
aunque en este momento, y que esto no salga de aquí por favor, se está
acordando de la hora en que descolgó el dichoso chalequillo de su percha, por
eso de los casi 25 grados que marca el termómetro de la Porvera. A ella la verá
más tarde, en el palco que cada año alquilan, junto a sus suegros, en la calle Larga,
palco que este año estará más vacío que nunca y es por eso por lo que Eduardo,
que nunca ha sido un hombre de Semana Santa entre los empujones y los amontonamientos,
que supone la vida más allá de la tranquilidad de una silla, ha decidido
escapar hoy de la “monotonía” de su asiento para sumergirse entre ese mar de
gentes que pueblan la plaza de San Marcos cada Domingo de Ramos.

La Cruz de Guía de la Hermandad de la Borriquita ya está en
la calle. Los antifaces de alegre azul celeste empiezan a desfilar justo al
lado de Eduardo que se apoya en la pared que separa el patio de deportes del
Colegio La Salle San
José de la Plaza
de Nuestro Padre Jesús de la
Sagrada Cena. Allí fue donde todo empezó. Recién acabada la
diplomatura de magisterio en la escuela Monseñor Cirarda recibió su primera
oferta de trabajo en ese centro que tenía, en ese momento, a sus espaldas. Él
siempre quiso ser ingeniero, pero las condiciones económicas de su familia en
aquella época truncaron, aunque solo temporalmente, sus sueños. Recuerda como
si hubiese sido ayer aquella entrevista que tuvo con el hermano Warletta, los
nervios normales de toda persona que busca por primera vez un empleo y a la Señora de la Estrella a la que fue a
orar momentos antes de la charla con el lasaliano. “Madre mía, ayúdame. No lo
hagas por mí, no me lo merezco, hazlo por mis padres, que siempre han llegado
muy ‘justito’ a final de mes para que yo pueda seguir formándome y tenga un
buen porvenir”. La Virgen
de manto azul escuchó y aceptó su plegaria. Al día siguiente ya se dio cuenta
que eso era lo suyo: papeles volando, pintura en el suelo y llantos de los
niños más pequeños del cole, todo en uno, el reto que él estaba buscando. Tras
cinco años en ese colegio, pasó a formar parte del claustro de profesores de la Salle “Buen Pastor”, que
desde entonces, y ya hace más de 20 años, sigue estando al pie del cañón
enseñando lo que le echen. Un año a los de primero de Primaria, otro
matemáticas en séptimo, después inglés en cuarto y entre clase y clase, se iba
sacando tranquilamente la carrera de sus sueños, ingeniería industrial.
La luz del sol
iluminaba resplandeciente el pin que, si recuerdan, lleva colocado en su
chaqueta. Un detalle que él guarda como un tesoro, el escudo de la Salle; él allí, aunque ya no
procesione, sigue sintiéndose uno más de los que camina con la capa blanca.
Pasada la primera banda de nazarenos con insignia llega el momento de los
“paveros” y Eduardo localiza algunas caras conocidas. Allí está Juanito,
acompañado por quien adivina es su hermana María. Pedro le saluda con la mano,
Daniel se hace el tonto cuando lo ve y él no puede dejar escapar una sonrisa, ese
chico es el más tímido de la clase; Teresa se ha levantado el antifaz y mira
con alegría a su maestro, lo mismo hacen Jesús y Marta. Y Eduardo ya no puede
más, en silencio dice “¡Basta!”, y una lágrima cae de uno de sus ojos; los mil
apuros que pasa entre recortes, pagas extraordinarias reducidas, subida de
impuestos, de precios y demás magnitudes económicas que él no llega siquiera a
entender, pasan a un segundo plano y se da cuenta de que su trabajo va más allá
de todas esas cosas. Él enseña a los que en unos años gobernarán el país,
curarán a los enfermos o barrerán las calles, a todos tratará por igual. Se
siente afortunado de poner un trocito de madera en esa estructura compleja que
marcará el futuro de nuestra tierra, se siente realizado, se siente a gusto, se
siente bien. Está ya cansado de malas noticias, de euribor, de ibex-35, de
hipotecas, de facturas, de la mala prensa que tienen los profesores hoy en día
y de los inspectores que muchas veces no lo dejan vivir ni trabajar. Este es su
momento y piensa disfrutarlo porque se lo merece, porque gracias a Dios, tienen
todos buena salud y derrochan amor por los cuatro costados. Entiende que esos
dineros que les quitan ayudan a que otras personas vivan más dignamente, a que
al parado se le dé su paga y el enfermo tenga una cama libre en el hospital. Si
todos remamos en la misma dirección, quizás salgamos antes de este hoyo que
parece tan profundo; quién sabe, eso piensa Eduardo, eso espera. Y todo eso
ocurre mientras pasa el cortejo de antifaces como el cielo, que circulan por
una plaza en la que ya no cabe ni un alfiler.
La banda de
cornetas y tambores comienza su repertorio y entre aplausos y vítores el paso
de Nuestro Padre Jesús de la Entrada Triunfal en Jerusalén está ya en la
calle. Lenta pero armoniosamente se abre paso entre la multitud dejando tras de
sí un aroma a incienso con el que demuestra que la Semana Santa de Jerez
de la Frontera
ya ha empezado. Pero Eduardo todavía debe esperar un poco más, su momento aún
no ha llegado. Cruces, nazarenos, Simpecados y guiones más tarde, Eduardo
localiza a un cofrade de la borriquita que ocupa el lugar en la fila en el que
debería estar su hija, penúltima fila de cirios, a la derecha. Ella se
encuentra ahora a 3500
kilómetros de distancia, en Varsovia, la capital polaca.
No quiere ni acordarse Eduardo de aquella tarde en la que su única hija les dio
la noticia de que se iba a estudiar un año al extranjero. Solicitó la beca
Erasmus y, para la intranquilidad de sus padres, se la concedieron. Partió a
finales de agosto y desde entonces solo la tuvieron durante diez días en
Navidad. Ella hizo todo lo posible por poder coger su vela en esta Semana
Mayor, pero su profesor de “Business Management” truncó sus planes al poner un
examen el Martes Santo. El deber llamaba a su puerta y tomó la decisión más
acertada, la decisión que, como mujer hecha y derecha que era, tenía que tomar.
Eduardo y Yolanda no lo están pasando bien, no pudieron tener más niños, y
ella, por tanto, es su ojito derecho e izquierdo; no les gusta la prolongada
separación, pero son conscientes de que los tiempos han cambiado y esta
oportunidad es perfecta para conocer otra cultura, otras gentes y otros países.
Quien desde luego no lo está pasando mal es ella, a sus padres les llegan fotos
de lo que hace y deja de hacer su hija y su vida pinta muy bien entre cervezas
de medio litro, discotecas y nieve, la dura vida de los erasmus, ustedes ya me
entienden. Pero seguro que ella está pendiente del ordenador en este momento,
con la página de Onda Jerez TV abierta y viendo la ceremonia a la que no ha
podido asistir esta primavera: quizás esté triste, quizás eche de menos muchas
cosas, quizás alguna compañera de cuarto le pregunta qué le ocurre y ella no sabe
responderle, quizás.
Cuando el primer
varal del palio se adentra en la plaza, Eduardo se da cuenta de que su momento
se acerca. Aclara la garganta, se pone nervioso y cuando el palio de la Virgen queda parado a su
altura, comienza a cantar una saeta que llevaba oculta en su corazón toda una vida. A la Estrella, a la Virgen que siempre ha
estado a su vera, a la Virgen
que cargó y a la Virgen
cuya estampa lleva siempre en la cartera, a ella:
Mare mía
Yo te pío
que entendimientos me mande
Porque es que yo no me explico
Que en un pañuelo tan chico
Quepa una pena tan grande.
Eduardo no oye ni
los aplausos, ni los “oles” de las personas que los rodean. Sólo mira a su
Virgen y reza por su hija, para que ella siga bien, para que no le falte de
nada, para que llegue a ser una economista de primera y le da las gracias de lo
afortunados que son, aunque muchas veces les cueste darse cuenta. El paso
prosigue su lento caminar hasta la
Catedral y Eduardo, ya más relajado y mucho más feliz, pone
rumbo al comienzo de una Semana Santa que nunca podrá olvidar.
Inspirado en el pregón de Antonio Banderas de la Semana Santa de Málaga del año 2011
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